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Literatura

En los canales (Pedro Carrero Eras)

EN LOS CANALES

Pedro Carrero Eras

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[En algún lugar cercano a Cochin, Estado de Kerala, agosto de 2002]
 

Hace un buen rato que el conductor y el guía de la agencia me trajeron a esta especie de choza donde sirven té. Me he sentado en un banco corrido mirando hacia fuera, hacia la entrada, con mi vaso de plástico entre las manos, viendo llover. Enfrente, en lo que parece ser un seto, hay clavadas unas banderas y algunos adornos florales. Ayer fue el día de la Independencia. Me refiero a ello en mi inglés primario, y lo que me sale es algo parecido al título de una odiosa película. Los que me rodean hacen algún comentario de cortesía, con cierta desgana. Me siento más turista que nunca y me siento ridículo. El guía se empeña en ofrecerme más té y galletas y no permite que yo le invite.

Afuera sigue el monzón, suavemente, y el tiempo pasa con lentitud, con demasiada lentitud, ahora que, por primera vez, me he tenido que separar del resto del grupo. Yo pienso en ellos, que estarán bajo la lluvia, embarcados en un rústico esquife que no tiene protección alguna. Poco antes de que la barca saliera, yo veía cómo el patrón achicaba con un cubo el agua de lluvia. Me avergüenza mi cobardía. Por lo que he podido entender al guía, el punto de salida de las canoas no coincide con el de llegada: no es un viaje de ida y vuelta al mismo embarcadero. Así que vamos a otro embarcadero distinto, a recoger a los excursionistas, y esta parada para tomar té es como un alto en el camino. A pesar de las voluntariosas explicaciones del guía, lo ignoro casi todo, el nombre del lugar donde me encuentro, el tiempo exacto que debemos esperar, el sitio a donde nos dirigimos y la distancia a la que se halla.

Ahora un nuevo personaje hace su aparición en el rectángulo de la puerta. Es un viejo, ligeramente encorvado, y su figura semidesnuda —apenas un trapo que le cubre desde la cintura a las canillas— destaca en medio del intenso verde del bosque. No llega a entrar, y se refugia bajo un saledizo de la choza, mientras aspira algo que parece ser rapé. Actúa pausadamente, con la rutina de quien repite una y otra vez los mismos movimientos desde hace muchos años. Después se pone a leer un trozo de periódico arrugado. Desde mi posición, casi acierto a distinguir los titulares, las inconfundibles letras abuñueladas del idioma de este Estado.

Casi todas las personas que me rodean parece como si tuvieran unas invisibles raíces que les sujetara a la tierra. Hay un momento en que nadie dice nada, todo es silencio en el interior de la choza, solo roto por el discreto trajinar del dueño al servir el té en los vasos. El tiempo se ha detenido. Parece que ya nadie repara en mí, en el extranjero. Ya no me siento observado. ¿No me siento observado? Sin embargo, algo me hace volver la cabeza. Detrás de mí, sentado en el otro lado de la mesa, hay un bulto oscuro que sonríe. Es un hombre de una edad indefinida. Debe haber estado mirándome todo el rato, y quizá por eso, he vuelto la cabeza. Al sonreír, deja ver una fila de dientes muy blancos, y cuando ha visto que me he vuelto y le miro, me tiende una mano. Le estrecho la mano durante unos instantes. Las dos manos se estrechan a través de la mesa. Una vez más, Oriente y Occidente se saludan, con un gesto, sin mediar palabra. En ese corto espacio de tiempo, con mi gesto y mi sonrisa, intento devolver a esa persona su hospitalidad. Después, incapaz de poder comunicarme de manera mejor, me vuelvo a mi postura inicial, mirando siempre hacia la puerta, viendo cómo la lluvia cada vez es más débil y viendo cómo estalla el verde de los plátanos, las palmeras y los cocoteros, ese verde que parece querer invadirlo todo. Así permanezco unos minutos más hasta que, al comprobar que ya no llueve y que quizá es hora de salir hacia el punto de encuentro con mis amigos, se lo indico al guía. Éste, como si hubiera estado esperando esa orden, con un riguroso sentido de disciplina, actúa como un resorte y le da instrucciones al conductor. Salimos los tres de la choza, dejándola para siempre, atrás, y dejando para siempre, en su oscuro rincón, al hombre de la sonrisa amiga.

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