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Historia

La dinastía Maurya (Susana Ávila)

LA DINASTÍA MAURYA

Susana Ávila

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El poderío griego, representado por la figura de Alejandro Magno, no se detuvo en Persia sino que, en el año 327 antes de Cristo, cruzó el Hindu Kush y se lanzó sobre la India. Durante un año hizo una brillante campaña por los estados del noroeste llegando hasta el río Beas. Pero cuando Alejandro regresó a Grecia, las bases del imperio asentadas en la India se desmoronaron y algunos años más tarde no quedaba ningún rastro de autoridad macedónica, únicamente las huellas plásticas del arte griego prevalecen en la zona de Gandhara como documento histórico de una invasión más.

CHANDRAGUPTA MAURYA

El principal autor de esta reconquista fue una de las figuras más románticas de la historia de la India, Sandrakotos. Se trataba de un noble kshatriya, natural de Magadha, descendiente ilegítimo del rey gobernante, Nanda, y de Mura, nombre del que parece derivar Maurya.

Joven y ambicioso, había llegado a ser comandante militar y desde este puesto conspiró contra su señor, pero fracasado en su intento tuvo que huir al Panjab. Allí conoció, o quizás ya le acompañaba, Kautilya Chânâkya, el hombre más competente de su tiempo, quien le ayudó a formar un pequeño ejército y acabar con las destartaladas huestes macedónicas. El éxito le proporcionó nuevas y útiles amistades como la del rey Poro del Panjab (que ya había sido vencido por Alejandro en la batalla de Jhelum) el cual le brindó todo su apoyo.

Los tiempos eran favorables para el joven vencedor. De regreso a Magadha fomentó una revolución que destronó a Nanda y nuevamente victorioso llegó a Pataliputra (la moderna Patna), capital del estado, y se coronó rey bajo el nombre de Chandragupta Maurya, con el que pasaría a la historia como el primero de los grandes reyes de la India. Corría el año 322 antes de Jesucristo.

Entonces Magadha constituía ya un reino importante extendiéndose por Kâshî (hoy Benarés) y Avadh, pero a su muerte, en el año 297 a. de C., tal vez de suicidio, su imperio abarcaba desde Bengala al Hindu Kush y los territorios de Malva, Gujerat y Mysore, si bien no se sabe como llegó a incorporarlos. Su victoria más destacada data del año 305 a. de C. cuando se enfrentó al rey de Siria, Seleuco I Nicator, en las orillas del Indo y con este triunfo cortó las posibles invasiones extranjeras durante cien años y consolidó la dinastía Maurya en el poder.

Los conocimientos sobre la grandeza y la decadencia de Chandragupta se pierden en la leyenda, únicamente dos fuentes de información fieles y una tercera algo menos digna de crédito dan noticias de la vida hindú durante le reinado del primer Maurya. El primer testimonio es el Kautilîya Arthashâstra, canon del gobierno y de la legislación hindú, cuyos principios fueron utilizados muchos siglos después. El segundo lo constituyen los documentos de Megástenes, embajador griego enviado a Pataliputra por Seluco I y auténtico corresponsal de su tiempo. Una tercera fuente es el drama sánscrito Mudrarâkshasa, mitificado al gusto del autor, y escrito muchos años después.


KAUTILÎYA ARTHASHÂSTRA

Es necesario hacer un paréntesis en la historia de Chandragupta Maurya para destacar la personalidad de Kautilîya Chânâkya, que fue primero su amigo, luego su más sutil y maquiavélico consejero y finalmente, su visir. Toda la vida política de los reyes de la dinastía Maurya, si se excluyen los últimos años del reinado de Ashoka, tienen como guía las enseñanzas de este hombre, brahmán de nacimiento y político de gran genio.

En 1909 se publicó en Mysore el Kautilîya Arthashâstra (Tratado de Justicia) sobre manuscrito descubierto en 1905, y poco más tarde, en 1915 apareció la primera traducción al inglés hecha por R. Shamastry. Esta obra atribuida a Kautilîya, refleja a lo largo de sus quince capítulos el complicado funcionamiento de la maquinaria del estado, el orden económico y las numerosas actividades de la vida pública, la tarea de los inspectores gubernativos de las provincias, las retribuciones para la gran masa de funcionarios, los métodos y las indagaciones judiciales, la política en tiempo de paz y de guerra, un amplio e interesante estudio sobre los sistemas de espionaje, etc. Contiene además el germen de numerosas ciencias que serían desarrolladas en obras posteriores.

Kautilîya conocía perfectamente el valor político y religioso pero no se dejaba llevar moralmente por ello; defendía el principio de que cualquier cosa es buena si es para bien de estado. Inescrupuloso y traidor menos para su rey, sirvió a Maurya en el destierro, la derrota, la aventura, la intriga y la victoria; su astuta prudencia hizo del imperio de su amo el mayor que conoció la India hasta entonces. «El único defecto de este gobierno -señalan varios historiadores- es la autocracia que le obligaba a apoyarse en cada momento en la violencia y el espionaje», el mismo Chandragupta estaba siempre rodeado de guardias y todas las noches cambiaba varias veces de dormitorio por temor a que alguna de sus esposas pudiera asesinarle.

Al margen de la astucia y la sutileza de su autor, el Kautilîya-Arthashâstra adquiere una relevancia propia. En el hinduismo existe el Trivarga (las tres cosas): dharma (el deber), artha (lo útil) y kâma (el amor), y como consecuencia la literatura sánscrita proporciona el estudios de las Tres Cosas, el Dharma-Shâstra se refiere a la primera, el Kâma Sûtra se centra en el tema del amor, mientras que los derechos y deberes de los ciudadanos están contenidos precisamente en la obra de Kautilîya.


LOS COMENTARISTAS DE LA ÉPOCA

Megástenes y su sucesor Deimaco fueron los verdaderos cronistas del reinado de Chandragupta Maurya, y gracias a ellos tenemos información sobre la civilización hindú, la vida y las costumbres del pueblo.

La primera curiosidad que muestran es que en la India todos los habitantes eran libres y que no habían podido conocer a ningún indio esclavo -recordemos que esta situación era inadmisible para la mentalidad de un griego-, pero lo que aún les chocaba más era que estando la sociedad dividida en castas todo el mundo aceptase las distinciones como algo natural y con tolerancia.

En cuanto a la capital del reino, Pataliputra, tenía nueve millas de largo por casi dos de ancho. Megástenes señaló que le palacio real estaba construido en madera y superaba con creces a las construcciones que Alejandro levantara en Echatana y Susa. «Sólo -decía- es comparable con Persépolis». El historiador Smith recopiló en su Oxford History las crónicas de aquellos comentaristas y dijo: «En los siglos IV y III antes de Jesucristo la posición del monarca Maurya en cuanto a esplendor y lujos de toda clase y a expertos artesanos en todos los oficios no era en nada inferior a la que disfrutaron los emperadores mogoles dieciocho siglos más tarde», señala también que las columnas estaban chapeadas en oro y decoradas con este metal, pero la verdadera ostentación de esta cultura lo demostraban vasos de oro de seis pies de diámetro.

La segunda ciudad en importancia era Taxila (a veinte millas al noroeste de la moderna Rawalpindi). Arriano la describió como grande y próspera ciudad, y Estrabón que estuvo algún tiempo después, destacó sobre todo sus excelentes leyes. Muchos siglos después los modernos arqueólogos han confirmado estos detalles, en especial los referentes al trazado y a los materiales.

Algo que debió sorprender, con mucho, a los griegos fue le uso de elefantes, reservados casi siempre para la Casa Real y los funcionarios. Se tenían en tanta estima que la virtud de una mujer era considerada como un precio moderado por uno de ellos.


ASHOKA VARDHANA

Entre Chandragupta y Ashoka se levanta un periodo de transición, un cuarto de siglo durante el que reinó Bindusara Amitraghata (-297, -273), hijo de Chandragupta. Casi nada se sabe de este rey y lo poco que se sabe nos ha llegado a través de Dionisio, emisario del faraón Tolomeo de Egipto. Cuenta que el rey Bindusara, llamado Amitocrates por los griegos, se hizo enviar por Antioco I Soter, esclavas griegas y vinos de Siria, pero lo más chocante es que quiso comprar un filósofo. Antioco se excusó diciendo que había encontrado ninguno a la venta, pero el azar compensó a Bindusara dándole un hijo filósofo: Ashoka.

En los primeros años de su reinado, Ashoka distó mucho de ser la figura casi mítica que ha llegado hasta nuestros días. Subió la trono en le año 273 antes de Jesucristo con una consolidada experiencia lograda en Taxila y Ujjayimi en donde había sido prefecto, sin embrago, múltiples contrariedades debieron sucederle; según la leyenda hubo de matar a sus noventa y nueve hermanastros y aún así pasaron cuatro años hasta que se hiciera con el poder absoluto.

A partir de este momento, en el 270 a. de C., en su vida comienza una desenfrenada carrera hacia la conquista de nuevos territorios. Poco se sabe de esta época, sus principal cronistas es él mismo y los documentos son sus edictos. Nueve años más tarde, en su campaña del 261 a. de C. (fecha imborrable en la historia del budismo) llegó a Kalinga, región de la costa oriental, situada entre los ríos Mahanadi y Godavari (correspondiente a la zona de Orissa, al norte de Madrás) allí se produjo el momento más crucial de su vida: cien mil muertos, ciento cincuenta mil prisioneros y, sobre todo, la desolación de un pueblo le hicieron dudar de la eficacia de la política de su abuelo, la de Kautilîya Chânâkya, y regresó a la capital.


«EL INFIERNO DE ASHOKA» Y SU CONVERSIÓN

Yuan Chwang, viajero chino, que pasó mucho tiempo en la India durante el siglo VII de nuestra Era llegó a la antigua capital de Magadha donde se encontró con un lugar recordado como «el infierno de Ashoka». Allí, decían sus informadores se había practicado todas las torturas de un infierno ortodoxo como castigo de delincuentes, a lo que el rey había añadido un edicto disponiendo que nadie saliese con vida de aquel lugar. Un día, un monje budista, encerrado sin causa justificada, fue arrojado a un caldero de agua hirviendo, pero como su piel no sufriera quemaduras fue avisado el rey de aquel prodigio. Ashoka se presentó, asombrado, en la cárcel y cuando ya se disponía a partir un carcelero le llamó la atención sobre el edicto que indicaba que no se podía salir con vida de la prisión. El rey admitió la fuerza de la observación y ordenó arrojar al carcelero al agua hirviendo.

Pero al llegar a su palacio, su alma, llena de dudas después de los destrozos de la guerra de Kalinga, experimentó una profunda conversión hacia la religión de aquel monje milagrosamente salvado.

Hasta este momento, poco destacable se nos presentó la figura de este soberano, quizás el más famoso de la India, pero su conversión al budismo (como en España ocurriera con Recaredo I al cristianismo) supuso un vuelco en su personalidad, al tiempo que una conmoción histórica, porque no se puede ser un santo reconocido si antes no se ha sido un pecador empedernido.

Inmediatamente dio ordenes para que la prisión fuera demolida y suavizado el código penal. Los budistas, antes perseguidos, encontraron todo el esplendor en su país originario y que ya no volverían a tener a lo largo de la historia. Se hicieron grabar numerosos edictos proclamando la nueva política, de ello se conserva una muestra en Qandahar escrita en griego y en arameo, lo que indica la presencia de algunos extranjeros.

Lleno de celo religioso, Ashoka intentó una elevación moral de su pueblo y nombró para ello funcionarios especiales que envió a Cachemira, Nepal, Birmania y Ceilán, a donde fueron sus propios hijos: Sanghamitta y Mahinda. Construyó innumerables monasterios y lugares de peregrinación (cerca de 84.000). Sarnath, lugar en el que Siddharta llegó a conseguir el grado de buddha (iluminado) fue sagrado para él y levantó un monumento conmemorativo con cuatro leones y debajo de ellos la rueda, chakra, símbolo budista de la sucesión de las cosas.


FIN DE LA DINASTÍA

Yuan Chwang nos dice que, según la tradición budista, Ashoka, en sus últimos años, fue depuesto por su nieto. A partir de ese momento el imperio se derrumbó dividiéndose en provincias. Dos de los tres virreinatos principales se independizaron: al noroeste, Taxila, bajo el gobierno de Sauprati, al sudeste, Dasharatha que se quedó con Kalinga, lugar de tantos acontecimientos y el centro del imperio permaneció aún durante medio siglo en las inseguras manos de Brihadratha, último de la estirpe Maurya, que fue asesinado en el 185 antes de Jesucristo.

Así terminó uno de los ciclos clásicos de la historia de la India. Pero el monumento que erigiera Ashoka en Sarnath ha prevalecido como emblema nacional de la Unión India, bajo el cual el lema «Satyameva Jayate» (La Verdad triunfará) del Mundaka Upanishad figura en caracteres devanagaris.

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