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Filosofía

La India filosófica: Advaita Vedanta en la vida y en la obra de J.D. Salinger (3) (Pedro Carrero Eras)

LA INDIA FILOSÓFICA: ADVAITA VEDANTA EN LA VIDA Y EN LA OBRA DE J.D. SALINGER (Tercera parte)

PEDRO CARRERO ERAS

 

 

6. Otros textos con reflejos vedánticos: Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción.

El relato extenso o novela corta Levantad, carpinteros, la viga del tejado, de 1955, y una especie de prólogo a una biografía de Seymour, que se titula Seymour: una introducción, de 1959, aparecerían en 1963 en libro[1]. En los dos casos el narrador elegido es Buddy, que, como sabemos, es el más fiel depositario de las enseñanzas de Seymour. El relato Levantad, carpinteros... puede llamarse así, pues se trata de una divertidísima historia que tiene lugar en Nueva York el día en que se va a celebrar la boda de Seymour con Muriel. Cuando la ceremonia está a punto de comenzar, se produce un desastre, pues Seymour, el novio, no aparece, y al final todos los invitados tienen que batirse en retirada, cogiendo apresuradamente los coches. Buddy, que, repito, es el narrador convencional, se ve de modo casual dentro de uno de los coches en compañía de una airada dama de honor de Muriel y de otros personajes muy pintorescos. Durante bastante tiempo del interminable trayecto ninguno sabe que Buddy es hermano de Seymour, al que la dama de honor le dedica sus más viperinos insultos, de ahí la desternillante vis cómica que se desarrolla dentro del coche y en el apartamento que él y Seymour tienen Manhattan, y al que invita a sus ocasionales y forzados compañeros de la frustrada ceremonia, situación cuyo fondo serio es poner en evidencia los hábitos y clichés mentales de la sociedad norteamericana.

En Levantad, carpinteros... hay más referencias al budismo zen que al vedanta. El relato, con una acción y una trama superior a Franny y Zooey, tampoco da mucha ocasión a conversaciones en las que puedan reflejarse influencias de las religiones orientales. Sin embargo, hay en el apartamento un diario de Seymour que lee Buddy, y en el que aparecen varias referencias al budismo zen, pero al final también hay una cita del vedanta. Seymour, después de contar en su diario que ha hablado la víspera de la boda por teléfono con su novia para animarla a escaparse los dos y casarse solos −lo que terminarán haciendo y lo que explica que no apareciera el día de la ceremonia−, escribe lo siguiente:

Estuve leyendo todo el día una selección del Vedanta. Los cónyuges están para servirse el uno al otro. [...] Criar a los hijos con honor, con amor y con desapego. Un niño es en la casa un huésped que ha de ser amado y respetado, nunca poseído, porque pertenece a Dios. Qué maravilloso, qué sano, qué bellamente difícil y por lo tanto verdadero (p. 91).

Seymour: una introducción no es propiamente un relato, al menos desde mi punto de vista. Buddy quiere comenzar una especie de biografía o estudio sobre la vida y la obra de su difunto hermano. A este texto le falta acción y le sobra reflexión, aproximándose más a un ensayo que a un relato propiamente dicho. En ese sentido, es terreno abonado para las referencias al budismo zen y especialmente al vedanta, cuando el autor lo considera oportuno. Se habla de existencias anteriores, de reencarnaciones, y por supuesto de Dios, de Cristo, en esa conjunción entre hinduismo y cristianismo a la que Salinger nos tiene ya acostumbrados. Se habla de los poemas de Seymour y de la influencia que registran de los haikus o jaikus, es decir, de esos poemas breves japoneses, pues Seymour sabía leer chino y japonés. Según Buddy, uno de sus hermanos, en concreto Waker, que es monje cartujo, dice

que Seymour, en muchos de sus mejores poemas, parece arrancar de los altibajos de existencias anteriores singularmente memorables en las afueras de Benarés, en el Japón feudal y en la Atlántida metropolitana (p. 129).

Otras referencias a la India filosófica y religiosa aparecen desperdigadas en el texto. El narrador hace alusión a la frecuente «posición padmasana» que adoptaba Seymour a lo largo de su vida (p. 164), que es, como sabemos, la postura del loto. Cuenta, además, que la ropa era para Seymour como un trámite, que huía de ser un tipo «Bien Vestido [sic, con mayúsculas]», y que cuando la compraba parecía «un joven brahmacharya o novicio de la religión hindú, eligiendo su propio taparrabos» (p. 179). También es interesante cuando describe a Seymour en sus partidas de ping pong, pues «era exactamente como si la propia diosa Kali estuviera del otro lado de la red, con sus muchos brazos y mostrando los dientes en una sonrisa, sin interesarse especialmente en los resultados» (p. 185) (recordemos que a la diosa Kali se la suele representar con cuatro brazos y diez piernas).

Por último, hay que señalar que Buddy, tras señalar que él no es un budista zen ni tampoco un adepto al zen, escribe lo que sigue:

¿Estaría fuera de lugar decir que las raíces de Seymour y las mías en la filosofía oriental [...] estaban, están, plantadas en el Nuevo y Viejo Testamento, en el advainta vedanta y el taoísmo clásico? Tiendo a considerarme, si puedo usar algo tan dulce como un nombre oriental, un karma yogin de cuarta categoría, tal vez condimentado con un poco de jnana yoga (p. 197).

Si Buddy es el alter ego de Salinger (sin que esto signifique que no haya coincidencias con Seymour), he ahí, en esta declaración, lo que él mismo pensaba de sí mismo: las fuentes de la filosofías orientales de las que bebe y el grado o estadio en el que se halla dentro del proceso de conocimiento: el karma yogi es quien sigue el camino de la acción altruista y desinteresada, mientras que el jnana yogi es quien busca el conocimiento de las verdades más altas, sobre todo en lo que tiene que ver con la naturaleza del alma individual y su integración o encuentro con el Ser Supremo.

 

7. La historia de otro niño increíble: Teddy

Este cuento −«Teddy»− se publicó tanto en revista como en libro en 1953, es decir, antes que las obras que llevo analizadas en este trabajo. Sin embargo, he preferido dejar su descripción y análisis para el final, por dos motivos: primero, porque Teddy no pertenece a la familia Glass; segundo, porque las influencias del advaita vedanta en el relato son ya, en ese año de 1953, muy claras y definitivas, de forma que casi puede servir este apartado de colofón al presente estudio.

Teddy −Teodoro McArdle− es un niño de diez años, que viaja con sus padres y su hermana en un trasatlántico. «Teddy» es el último cuento de Nueve cuentos de Salinger[2]. Es otro niño prodigio, pero no es ninguno de los hermanos Glass, aunque hay coincidencias: el padre también pertenece al mundo del espectáculo, pues hace papeles estelares en nada menos que tres radionovelas en Nueva York, y se siente muy ufano de su potente voz. El relato comienza con la regañina que el padre le dedica a Teddy, pues está subido encima de una maleta y mirando por el ojo de buey del camarote familiar. Alguien tira desde la cubierta un cubo de mondas de naranja y el niño filosofa tranquilamente mientras mira esas mondas de naranja que flotan en el mar y se van hundiendo:

−[...] Es interesante que yo sepa que están ahí. Si no las hubiera visto, no sabría que están ahí, y si no supiera que están ahí, ni siquiera podría afirmar que existen. Es un hermoso ejemplo, un ejemplo perfecto de cómo... (p. 203).

La reflexión de Teddy se corta porque su madre le interrumpe preguntándole por su hermana. Pero luego añade lo siguiente:

−[...] Algunas [cáscaras de naranja] empiezan ahora a hundirse. En pocos minutos solo flotarán en mi mente. Es muy interesante, porque, según se mire, ahí es donde empezaron a flotar por primera vez. Si yo no hubiera estado aquí [...] (ibíd.)

Y de nuevo la madre interrumpe la reflexión de Teddy. Las reflexiones de Teddy sobre las cáscaras de naranja que se hunden en el mar apuntan sin duda alguna a la filosofía vedanta y a su interpretación del mundo fenoménico como maia o ilusión, que es toda esa irrealidad que existe entre el âtman y el Brahman: las cáscaras de naranja solo existen en la medida en que flotan en la mente de Teddy. Además, cuando el niño está a punto de salir del camarote para buscar a su hermana, dice lo que sigue: «−Cuando salga por esa puerta, tal vez exista solo en la mente de los que me conocen [...]. Puedo ser una cáscara de naranja» (p. 205).

Los padres, atrapados en cuestiones puramente materiales e inmediatas, no dan mayor importancia al cerebro prodigioso de su hijo. Sus reflexiones les superan y les produce fastidio, aunque saben que Teddy es un caso especial, que está siendo estudiado por grupos de trabajo de profesores, en Europa y en América, y que le hacen preguntas y graban sus respuestas en cintas magnetofónicas, como el grupo examinador de Leidekker, en Boston.

Pero el asunto se anima todavía mucho más, en lo que a este trabajo interesa, conforme avanza el relato. En el barco hay un hombre, que se llama Nicholson, al parecer también profesor, que ha oído una de esas cintas magnetofónicas grabadas a Teddy. Las ha oído en una fiesta, en Boston, pues había alguien relacionado con el grupo examinador de Leidekker, y pasaron la cinta. Ahora Nicholson sigue a Teddy por la cubierta del barco y mantiene una conversación con el niño en la zona de las hamacas. Dice Nicholson:

−Si no entiendo mal [...], tú estás muy de acuerdo con la teoría veda de la reencarnación.

−No es una teoría. Es una parte...

−Está bien −dijo Nicholson rápidamente. Sonrió y alzó las palmas de las manos en una especie de irónica bendición−. No vamos a discutir esta cuestión, por el momento. [...] Según puedo entender, has obtenido ciertos datos por los cuales has llegado a convencerte de que en tu última encarnación eras un santón de la India, pero que perdiste más o menos la gracia...

−Yo no era un santón −dijo Teddy−. Era solo un hombre que había alcanzado un gran proceso espiritual. (p. 221)

Al parecer, en la anterior encarnación, la gracia la había perdido a causa de haber conocido a una mujer, hecho que interrumpió su meditación, pero de todas formas −cuenta el niño− aunque no hubiera conocido a esa mujer, hubiera tenido igualmente que tomar otro cuerpo y regresar a la Tierra. Sin embargo, hay un curioso matiz en todo ese proceso del samsâra de Teddy, motivado por el encuentro con esa mujer, hecho que sin duda modificó su karma pues, siempre según el niño en una declaración sorprendente,  

 −[...] de no haberme encontrado con esa mujer, no habría tenido que encarnarme en un cuerpo norteamericano. Quiero decir, es muy difícil meditar y llevar una vida espiritual en Estados Unidos. Al que trata de hacerlo, la gente lo toma por un bicho raro. En cierto modo, mi padre cree que soy un bicho raro. Y mi madre... bueno, ella cree que no me hace bien estar pensando continuamente en Dios. Cree que me perjudica a la salud. (p. 222).

Como se puede apreciar, las palabras de Teddy están bien lejos de cualquier tentación chauvinista, y no es difícil imaginar que el autor real, Salinger, habla por él. Si Teddy ha nacido en esa sociedad poco dada a la vida espiritual, eso parece ser un efecto de su karma en su vida anterior, cuando, según sus palabras, conoció a una mujer −no se nos ofrecen más datos sobre este asunto− y fue «atrapado» por ella, al igual que el mundo fenoménico nos «atrapa» continuamente a todos nosotros.

A continuación este niño de diez años hace una de las mayores y definitivas afirmaciones de panteísmo vedántico que se puede encontrar en la narrativa de Salinger. Es cuando habla de su primera experiencia mística. Como señalan Shields y Salerno, la mayoría de las observaciones de Teddy a lo largo del relato son explícitamente vedánticas[3]. Dice Teddy a Nicholson:

−Tenía seis años cuando me di cuenta de que todo era Dios, y se me erizó el pelo y todo eso [...] Recuerdo que era domingo. Mi hermana apenas era un criatura entonces, y estaba tomando la leche, y de repente me di cuenta de que ella era Dios y de que la leche era Dios. Quiero decir que lo que estaba haciendo era verter a Dios dentro de Dios, no sé si me entiende (p. 222).

La referencia al mundo fenoménico como algo ilusorio se acentúa en la conversación que el niño tiene con el adulto. Teddy declara que cuando tenía cuatro años ya podía salir de las dimensiones finitas. Nicholson argumenta que todo lo que nos rodea tiene una dimensión finita: tiene largo, ancho, etc., como, por ejemplo, un trozo de madera. Teddy le hace estirar el brazo a Nicholson, y le pregunta que cómo está seguro de que sea un brazo. Nicholson responde que lo está, y que lo que dice el niño es un sofisma. Teddy responde que se está poniendo lógico, y que la lógica es lo primero que hay que dejar de lado. Y luego dice que en la manzana de Adán, en el jardín del Edén, lo único que había era la «lógica y demás cosas intelectuales» (p. 224). Así que lo que se debe hacer es «vomitar» todo eso si verdaderamente se quiere ver las cosas «como realmente son». Y añade:

−El problema es [...] que la mayoría de la gente no quiere ver las cosas tal como son. Ni siquiera dejar de nacer y morir a cada rato. Quieren tener siempre cuerpos nuevos, en vez de detenerse y permanecer con Dios, donde se está bien de veras (p. 225).

Sobre el miedo a morir Teddy afirma que es algo muy tonto, pues lo único que ocurre es que, al morir, cada uno de nosotros se escapa del cuerpo, y que eso «todos lo hemos hecho miles y miles de veces» (p. 227) y que aunque no nos acordemos no significa que no haya ocurrido.

Teddy se va a la piscina del barco, donde tiene clase de natación y donde está su hermana, que no le quiere mucho. Sobre el final de este cuento se ha especulado mucho entre lectores y críticos, y tiene sus repercusiones desde el punto de vista metafísico. Quizá Teddy ha decidido abandonar ese cuerpo, poner fin a su vida. De hecho ha comentado antes a Nicholson que ese mismo día podría haber un cambio de agua en la piscina y podría caer en esa piscina vacía y romperse el cráneo. Después de que Teddy se ha ido, Nicholson oye un grito que procede de la piscina. Es un grito de niña. ¿Ha empujado la hermana a Teddy o es Teddy mismo el que se ha arrojado a una piscina sin agua? El autor ha buscado muy adrede dejar sin explicación clara ese final, quizá como un ejemplo de la vulnerabilidad de ese envoltorio que llamamos cuerpo, y de esa frontera tan sutil que existe entre lo que llamamos vida y lo que llamamos muerte, un proceso −el pasar de lo uno a lo otro− que, después de todo, y por seguir las propias palabras del niño inspiradas en la reencarnación, todos lo hemos hecho miles y miles de veces.

Hay evidentes conexiones entre Teddy y los hermanos Glass. Son como islotes que destacan en medio de una sociedad demasiado apegada a lo material y a todo aquello que nos entra por los ojos.

 

8. Conclusión.

Desde la aparición de «Hapworth...» en 1965, Salinger no volvió a publicar ningún relato más. Dejó de publicar, se encerró en su refugio. Pero sabemos que siguió escribiendo, y guardando esas obras inéditas en una caja fuerte. Todo indica que existe un grueso libro titulado The family Glass −que aporta muchos datos sobre estos hermanos, y especialmente sobre Seymour, incluso sobre su nueva vida después de su muerte−, así como novelas y relatos bélicos sobre la Segunda Guerra Mundial y escritos narrativos que completan la historia de la familia de Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno. Incluso escribió también un manual de vedanta. Shields y Salerno indican que «este "manual" de Salinger es la realización explícita de su deseo declarado de "difundir", por medio de su escritura, las ideas del vedanta»[4]. Salinger donó todo ese contingente inédito a la fundación que lleva su nombre, creada en 2008. Sabemos, además, que «estas obras se empezarán a publicar de forma irregularmente escalonada, comenzando entre 2015 y 2020»[5].

Más ejemplos se podrían citar sobre el reflejo de la India filosófica en la obra publicada de J. D. Salinger, pero en este estudio he expuesto y analizado aquellos casos más llamativos, como muestra de que, a partir de un cierto punto, el escritor neoyorquino decidió no solo dar un nuevo rumbo a su propia vida, sino también trasladar sus inquietudes filosóficas y religiosas, inspiradas fundamentalmente en el advaita vedanta, a su obra narrativa, creando un microcosmos de personajes extraordinariamente originales, como los hermanos Glass y Teddy. Salinger une, con maestría indudable, pensamiento y arte, y además sabe combinar hábilmente el tratamiento literario de temas serios y trascendentales con buenos ingredientes de ironía y humorismo. Toda su obra, desde El guardián entre el centeno, refleja un interés especial por los niños y los jóvenes, como exponentes de lo más auténtico que pueda encontrarse en la naturaleza humana y como idóneos vehículos de seres clarividentes capaces de situarse más allá del mundo fenoménico.

 

[1] Raise High the Roof Beam, Carpenters se publicó en The New Yorker el 19 de noviembre de 1955 y Seymour: An Introduction se publicó en The New Yorker el 6 de junio de 1959. Después aparecerían en libro: J. D. Salinger, Raise High the Roof Beam, Carpenters and Seymour: An Introduction, Boston, Little, Brown, 28 de enero de 1961. Cito por la siguiente edición en castellano: J. D. Salinger, Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, Madrid, Alianza Ed., traducción de Aurora Bernárdez, El libro de bolsillo, 1ª reimpresión, 2010.

[2] Teddy se publicó en The New Yorker el 31 de enero de 1953, y después en el libro de Salinger Nine Stories, Boston, Little, Brown, abril de 1953. Para mis citas, sigo la edición en castellano: J. D. Salinger, Nueve cuentos, Madrid, Alianza Ed., traducción de Elena Rius, El libro de bolsillo, 2ª reimpresión, 2013.

[3] Shields y Salerno, op. cit., p. 450.

[4] Ibíd., p. 637.

[5] Ibíd., p. 638. En la actualidad −noviembre de 2017− no tengo noticia de que se hayan comenzado a publicar esos inéditos de Salinger.

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