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Filosofía

La India filosófica: Advaita Vedanta en la vida y en la obra de J.D. Salinger (2) (Pedro Carrero Eras)

LA INDIA FILOSÓFICA: ADVAITA VEDANTA EN LA VIDA Y EN LA OBRA DE J. D. SALINGER (Segunda parte)

PEDRO CARRERO ERAS

 

 

 

 4. Los prodigiosos hermanos Glass.

Pero tras el repaso de aspectos relevantes de la biografía de Salinger, volvamos a su narrativa, es decir, al mundo de la ficción, y, para ello, y antes de entrar en más detalles, debemos referirnos a la familia Glass, que Salinger construye y desarrolla en sus novelas y, en concreto, a los hijos del matrimonio Glass. Los padres se llaman Les y Betsie, y son unos actores de vodevil, que viven en Manhattan, como, en la realidad, también vivió Salinger. El padre es judío, y la madre católica irlandesa, es decir, parecidos a los padres de Salinger. Esa familia es la que aparece en las novelas Franny y Zooey, Levantad, carpinteros, la viga del tejado, Seymour, una introducción y también desperdigada en el volumen que Salinger publicó como Nueve cuentos, así como en otro relato corto, «Hapworth 16, 1924», un relato que nunca vio la luz como libro pero que se publicó en la revista The New Yorker.

Uno de los hijos, Buddy (Webb Gallagher), nos cuenta la historia de esta familia en Zooey. Los hijos de los Glass fueron siete, cinco chicos y dos chicas. Entre el mayor, Seymour, y la menor, Franny, había unos dieciocho años de diferencia, y todos, espaciadamente según la edad de cada uno, habían participado en su infancia en un famoso concurso radiofónico titulado «Los niños sabios», durante una época que se mueve entre 1927 y 1943. Esos niños consiguieron un éxito increíble, y ganaron mucho dinero, respondiendo con naturalidad y aplomo, a través de las ondas, a un número de preguntas «insoportablemente eruditas o insoportablemente graciosas enviadas por los oyentes» [1].

Entre los siete hermanos siempre destacó el mayor, Seymour. Admirado por todos sus hermanos

como un líder, un genio y un santo, a los seis años ha leído todo lo que podría encontrar sobre Dios en la biblioteca local. A los siete años, sus ejercicios de meditación hindú le permiten vislumbrar sus encarnaciones pasadas y futuras. A los quince años ingresa en la Universidad de Columbia, y a los dieciocho se doctora y obtiene la plaza de profesor.[2]

En 1941 se alista en el ejército y en 1942, aprovecha un permiso para casarse con Muriel Fedder. La bella Muriel es sencilla y honesta, y con su simplicidad Seymour intenta compensar sus propias rarezas. Combatiendo en Europa sufre un colapso nervioso. Al acabar la guerra pasa tres semanas recluido en los pabellones psiquiátricos de los hospitales militares. De vuelta, en 1948, a la edad de treinta y un años, y en una segunda luna de miel con Muriel, en Florida, se suicida, pegándose un tiro en la habitación del hotel, mientras su mujer duerme en la cama de al lado. Este episodio aparece relatado en el cuento Un día perfecto para el pez plátano[3].

Hay detalles de la vida de este personaje literario que coinciden con la de Salinger, como su alistamiento en el ejército, la guerra en Europa, la crisis nerviosa y su paso por los hospitales psiquiátricos. Pero el verdadero alter ego de Salinger es el siguiente hermano de la familia Glass, Buddy Glass. Nace el mismo año que Salinger, 1919. Es el narrador de Levantad, carpinteros, la viga del tejado, Zooey, y Seymour: una introducción. También reivindica la autoría de El guardián entre el centeno, Un día perfecto para el pez plátano y Teddy. Da clases de escritura creativa en una universidad de primer ciclo para chicas, y vive en una cabaña, como quería vivir Holden Caulfield y como, de alguna manera, llegó a vivir Salinger. Pero Buddy considera que su verdadero propósito en la vida es ser el discípulo y el cronista de Seymour.

También es quien transcribe la carta que Seymour, a los siete años, manda a su casa desde un campamento de verano de esos parecidos a los de los boys scouts, y que lleva el título de «Hapwort, 16, 1924». Es el último texto narrativo publicado por Salinger. Esta carta[4], llena de sabrosas ironías hacia los instructores y personal del campamento y de referencias cultas, entre las que no faltan conceptos extraídos de la India filosófica, es increíble y prodigiosa, teniendo en cuenta que está escrita por un niño de siete años.

En esa carta habla del karma y de «responsabilidad kármica», para referirse a un rasgo facial de él y de su padre, [p. 8]. Varias veces menciona detalles de sus vidas anteriores [pp. 16, 17, 20, 21, 22, 50], o de las de su hermano Buddy [p. 40] y en cuanto a su actual encarnación, anticipa que será breve: «los pocos y felices días que me quedan para esta encarnación» [p. 8]; «me estoy refiriendo a la brevedad de mi vida en esta encarnación» [p. 28], como si de alguna manera anunciara su prematura muerte a la edad de treinta y un años. De uno de los adultos del campamento, el Sr. Happy, dice que en su vida anterior «se dedicaba a fabricar cuerdas, aunque no muy hábilmente, en algún lugar de Turquía o Grecia» (p. 11). También habla directamente de Dios. Le dice a su padre que, aunque es escéptico sobre Dios, que sepa «¡[...] que uno no puede ni siquiera encender un cigarrillo al azar a menos que nos sea dado el artístico permiso del universo!» [p. 24], identificación entre Dios y el Universo que nos parece claramente panteísta. Habla de la respiración y postura del yoga para que su madre las practique, y de las magníficas complicaciones del cuerpo humano, por lo que insta a su madre a que salude con afecto a ese Dios. Y exclama «¡Oh, mi Dios, es todo un Dios el que tenemos!»  [p. 31]. Es fácil imaginarse la expresión del rostro de los padres de Seymour leyendo esta carta, aunque no hay que olvidar que ya estaban suficientemente acostumbrados a los prodigios de sus hijos.

Mención especial merece la lista de libros que pide este niño de siete años para que sus padres los encarguen a la biblioteca local y se los envíen al campamento. Así, al lado de obras de la literatura universal como, por ejemplo, el Quijote de Cervantes o las novelas de Tolstoi y de Charles Dickens, solicita también que le envíen la «plegaria Gayatri, de autor anónimo, preferentemente con la versión original junto con la traducción al inglés; que es absolutamente hermosa, sublime y refrescante» [p. 37]. Como sabemos, el gayatri-mantra es una oración muy importante del hinduismo, el verso más sagrado del Rig-Veda, que comienza con la palabra Om. Observemos que Seymour pide la versión original, es decir, en sánscrito, junto a la versión inglesa.

También solicita el Raja-Yoga y el Bhakti-Yoga, «dos libros conmovedores, pequeños y prácticos, perfectos para el bolsillo de cualquier inquieto muchacho normal de nuestra edad, escritos por Vivekananda de la India» [p. 38]. Observemos el sentido del humor de Salinger cuando el niño habla de «cualquier inquieto muchacho normal de nuestra edad». Sobre Vivekânanda, se deshace Seymour en alabanzas, y lo define como un gigante, con lo que nos parece estar oyendo hablar directamente al propio Salinger. Dice Seymour que daría sin dudarlo diez o más años de su vida «por estrechar su mano, o por lo menos decirle un rápido y respetuoso 'hola' en alguna populosa calle de Calcuta o cualquier otro lugar» [ibíd.]. No hay problema por el hecho que Vivekânanda haya muerto ya hace casi veinte años cuando Seymour escribe esta carta: sin duda su creencia en la reencarnación, quizá posible en otras dimensiones cronológicas, le permite hablar de un posible encuentro con el famoso filósofo.

También solicita un libro sobre medicina china y las plantas medicinales, escrito por un occidental, Frederick Porter Smith, botánico y misionero que estuvo en China. Dice Seymour:

...volvamos con algo de esperanza y alegría a los maravillosos chinos, quienes comparten con los nobles hindúes una mente amplia y abierta sobre los asuntos del cuerpo, la respiración humana y las asombrosas diferencias entre la parte izquierda y derecha del cuerpo. [p. 41]

Aquí detengo mi información sobre los prodigiosos hermanos Glass, y especialmente sobre el mayor, Seymour. Sin duda el lector considera a todas luces inverosímil que un niño de siete años albergue en su interior tantas lecturas y tanta sabiduría. «Hapworth» fue muy criticado, precisamente por esto, por los lectores norteamericanos. Pero recordemos que aquí nos estamos moviendo en el plano de la ficción. Sabemos, además, que Salinger veía en los niños ese espacio de lo humano que todavía no está contaminado, ni intoxicado, ni encanallado.

 

5. La historia de Franny sigue en Zooey.

La novela Zooey[5], publicada en 1957, que tiene más extensión y categoría de novela, sigue a la de Franny. El narrador es Buddy Glass, quien, como ya he indicado, es el segundo de los hermanos de la familia Glass, aunque el relato está escrito en la perspectiva narrativa de la tercera persona. La novela es como una continuación del proceso religioso que abruma a Franny. Es una escena doméstica. Tras el incidente con su novio, tal y como hemos podido ver, Franny se encierra en su habitación y allí permanece, poseída y al mismo tiempo abrumada por sus inquietudes religiosas −recordemos aquella oración constante−, y no quiere ni salir ni para comer. La madre de esta increíble familia Glass, Bessie, intenta convencer a su hijo Zooey (Zachary) −un joven de 25 años, conocido actor de televisión− para que hable con su hermana y la convenza, al menos, para que tome un poco de caldo de pollo. La conversación entre la madre y Zooey tiene lugar en un cuarto de baño. El desarrollo de este relato de Salinger está salpicado de referencias a las filosofías orientales, especialmente las de las religiones de la India.

Hay una carta del propio Buddy dirigida a Zooey, escrita unos años antes, y que Zooey lee mientras está en la bañera. Zooey es actor de televisión, muy solicitado, pero Buddy le da consejos que saltan de lo cotidiano a lo trascendental. En la carta se vierten conceptos como los que siguen:

Seymour me dijo una vez −en un autobús urbano nada menos− que todo estudio religioso verdadero tenía que conducir a olvidar las diferencias entre chicos y chicas, animales y piedras, día y noche, calor y frío (p. 74).

Estas observaciones de Seymour nos remiten, sin mencionarla, a la doctrina de la no-dualidad que está presente en el advaita vedanta y que afirma la unión del âtman o alma individual con el Todo, lo Uno, la divinidad. Recordemos que advaita es una voz del sánscrito que significa «no dos», y que supone la no distinción entre el sujeto y el objeto, entre un yo y el resto del Universo, entre un yo y Dios. Seymour y Buddy habían influido en sus hermanos para que leyeran, como ellos lo habían hecho, a muy temprana edad (y cuando hablo de temprana edad no me refiero a adolescentes, sino a niños), las Upanishads, pues en la misma carta, líneas arriba, se lee lo siguiente:

La verdad es, si quieres saberla, que no puedo desechar la idea de que serías un actor mucho mejor adaptado si Seymour y yo no hubiéramos añadido los Upanishads y el Sutra Diamante y a Eckarth, y todos nuestros viejos amores, al resto de tus lecturas recomendadas, cuando eras pequeño. Por derecho propio, un actor debería viajar ligero de equipaje (p. 67).

El Sutra del Diamante es un sutra Mahâyâna, un texto breve del género del Prajñâpâramitâ o «Perfección de de la Sabiduría», el cual enseña la práctica del no-apego. Este sutra es el que permite llegar al Nirvâna por la Sabiduría del Diamante (una sabiduría, como el diamante, que es limpia, dura, afilada y preciosa). Nirvâna es el lugar donde no hay aflicciones, angustia, ni ansiedad. Para los budistas es la nada. Para los hindúes es la absorción final en el Ser Supremo, cuando se produce la aniquilación del ego individual. Por lo que se refiere a Eckhart, no puede ser otro sino Eckhart de Hochheim (1260-1328), más conocido como Maestro Eckhart, que fue un dominico alemán, famoso por su obra como teólogo y filósofo y por sus escritos que dieron forma a una especie de misticismo especulativo. Destaco esta idea de Eckhart, muy cercana a lo que entendemos como desapego y ascética: cuando el hombre se despoja de todo, incluso del yo, experimenta la desnudez y la nada, y esa nada se vuelve Dios mismo[6]

Como indiqué, la madre está muy preocupada por la situación de Franny, y, según le comenta a Zooey, la causa hay que buscarla en ese librito que lee la muchacha. Zooey le explica a su madre el significado de El peregrino ruso y de su continuación El peregrino sigue su camino, y añade que esta actitud espiritual debe hacerse bajo la supervisión «de un maestro adecuado, de una especie de gurú cristiano» (p. 115). Después de emplear la palabra gurú, su charla se anima con términos de la filosofía oriental y en concreto del sánscrito, pues habla de los centros de energía del cuerpo humano, los chakras, como el chakra anahata, conceptos muy importantes en la práctica del yoga, y en concreto del atha yoga, y en la búsqueda de la iluminación. El chakra anahata está localizado en el centro de la columna vertebral, sobre el corazón, y es precisamente el corazón −explica Zooey− el que, como sus latidos, recoge de forma automática la oración o mantra, convirtiéndose la oración, que nació en los labios y en la cabeza, en algo autónomo. Y añade Zooey que al ser activado este mecanismo pone en funcionamiento, a su vez,

otro centro activado entre las cejas, llamado ajna, que en realidad es la glándula pineal, o, más bien, un aura que rodea a la glándula pineal, y en ese momento, bingo, se abre lo que los místicos llaman «el tercer ojo» (p. 116).

El «tercer ojo» o ajna es el sexto de los siete chakras o centros vitales del cuerpo[7]. Como podemos apreciar, la ironía de Salinger nos muestra a un personaje, Zooey, que emplea, para explicar la situación de su hermana Franny, toda una serie de términos y conceptos que, sin duda, deben dejar atónita a la madre. Es un ejemplo muy hábil de cómo la filosofía oriental choca con el materialismo y el sentido práctico de los occidentales, pues a la madre lo que le importa es que su hija salga de ese trance y empiece a comer caldo de pollo. Zooey, lo que pretende, es que la madre comprenda lo que le ocurre a Franny y no se aferre únicamente a las cuestiones materiales. Y sobre la repetición de la oración de Jesús añade lo siguiente:

No es nada nuevo, por Dios santo. No empezó con el grupo del peregrino, quiero decir. En la India, desde hace sabe Dios cuántos siglos, eso se conoce como un japam. Japam no es otra cosa que la repetición de cualquiera de los nombres humanos de Dios. O los nombres de sus encarnaciones... o sus avatares, si se prefieren los tecnicismos (p. 116).

Sin duda ese japam, que aparece en el texto de Salinger con esa -m final, es el japa, es decir, «el canto o repetición de una sílaba sagrada, de un nombre de Dios o de un mantra o fórmula invocatoria mágica»[8]. Zooey añade que si pronuncias en alto y de corazón el nombre de Dios durante el tiempo suficiente, «tarde o temprano recibirás una contestación. Bueno, no exactamente una contestación: una respuesta [en cursiva, en el original]» (p. 116).

Y todo esto se lo cuenta Zooey a su madre desde la bañera. Salinger llevó el vedanta a las escenas contemporáneas y cotidianas de su narrativa, a un paisaje urbano como el de Nueva York, y a unas escenas domésticas. Todo ese mundo de ficción en el que sobresale la prodigiosa familia Glass. Como señala un investigador de la obra de Salinger, Som P. Ranchan:

Una de las visiones que tuvo el gran vedantista Vivekananda fue sacar el mensaje del vedanta de los claustros y del bosque, donde fue descubierto y postulado por los sabios y sus discípulos y llevarlo a las avenidas de la existencia cotidiana. Y hay que reconocer a la genialidad creativa de Salinger el haber hecho precisamente eso. [...] El haberlo llevado a un apartamento de Nueva York, a su sala de estar y a su dormitorio. Ha sacado el Ganges de la cabeza de Sivá [sic] y lo ha metido en esa bañera donde Zooey chapotea como una marsopa mientras lee la carta de su hermano, repleta de satoris zen y de afirmaciones vedánticas.[9]

De todas formas, el hecho de que Zooey tenga una gran sabiduría sobre estas cuestiones no quiere decir que esté de acuerdo con esa actitud espiritual de su hermana o de otros que, como ella, buscan bienes espirituales. La oración constante de Franny puede ser entendida como una beatería, en versión de crisis nerviosa. Cuando Zooey entra en el cuarto de su hermana y habla largo y tendido con ella, le pregunta que qué pretende con la repetición de esa oración, porque «por simple lógica, yo no veo ninguna diferencia entre el hombre ávido de tesoros materiales, o incluso intelectuales, y el hombre ávido de tesoros espirituales» (p. 148). El rechazo del ego, tan importante cuando nos adentramos en la filosofía vedanta, en el budismo y en la trayectoria del renunciante, surge con frecuencia en la conversación de Franny (ya lo vimos en la que mantuvo con su novio), pues ella misma reconoce ahora ante su hermano que:

El hecho de que sea más exigente respecto a lo que deseo, en este caso, lucidez o paz, en lugar de dinero o prestigio o fama o cualquiera de esas cosas, no significa que no sea tan egoísta o egocéntrica como los demás. ¡En todo caso, más! ¡No necesito que el famoso Zachary Glass me lo diga! (p. 149).

El propio Zooey es consciente de la trampa del ego, pues, tras contemplar desde la ventana una bella escena que sucede en la calle, describiendo el juego de una niña con su perrito, dice lo siguiente:

−Maldita sea −dijo−, hay cosas hermosas en el mundo, y cuando digo hermosas quiero decir hermosas. Somos unos cretinos al apartarnos tanto de lo fundamental. Siempre, siempre, siempre refiriendo cada maldita cosa que sucede a nuestros pequeños y asquerosos egos (pp. 151−152).

Todo se debate en torno al ego, con contradicciones incluso, puesto que no podía ser de otra manera. Más adelante reprocha Zooey a su hermana esa visión crítica que tiene del profesorado de su Universidad:

−…echas una mirada al campus de tu facultad […] y escuchas la conversación de un puñado de universitarios cretinos, y decides que todo es ego, ego, ego, y que lo único inteligente que puede hacer una chica es tumbarse, afeitarse la cabeza, rezar la oración de Jesús y rogarle a Dios que le conceda una pequeña experiencia mística que la haga buena y feliz (pp. 164−165).

La novela se resuelve con una reflexión definitiva de Zooey que le transmite a su hermana por teléfono. Le cuenta que una vez Seymour, el hermano mayor, le dijo que, cuando acudiera al programa radiofónico «Los niños sabios» tenía que limpiarse bien los zapatos, y que, aunque todos los que trabajaban en ese programa eran unos cretinos, que, no obstante, se limpiara los zapatos y que lo hiciera por la Señora Gorda. El pequeño Zooey no entendía muy bien lo de la Señora Gorda. También Franny recuerda haber recibido el mismo consejo, que fuera graciosa para la Señora Gorda. Cada uno de los dos hermanos, por separado y sin saber que el otro había recibido el mismo consejo, se imaginó a una señora gorda de rasgos muy coincidentes: sentada el día entero, abanicándose, espantando moscas, oyendo sin cesar a todo volumen la radio, con las piernas hinchadas y llenas de venas, y enferma de cáncer. Y Zooey explica a su hermana el secreto de la Señora Gorda:

No hay nadie en ninguna parte que no sea la Señora Gorda de Seymour. ¿No lo sabías? ¿No sabías aún ese maldito secreto? Y, ¿a qué no sabes, escúchame bien, a qué no sabes quién es en realidad la Señora Gorda? ¡Ah, rica! Es Cristo mismo. Cristo mismo, rica (pp. 197-198).

Solo una visión panteísta inspirada en el advaita vedanta y ensamblada con el cristianismo podía inspirar un pasaje tan llamativo y sorprendente como el que he citado. Si el Todo es Brahman, eso explica que cualquier criatura, por muy desagradable y agobiante que pueda parecer, es parte de ese Brahman: lo mismo la Señora Gorda que cualquier profesor universitario ególatra, esos profesores que tanto le irritan a Franny. Es probable que para una interpretación muy ortodoxa del vedanta todo esto no encaje, como tampoco para una interpretación ortodoxa del cristianismo, entre otras cosas porque en el cristianismo cada uno de nosotros mantiene su alma individual, bien distinta del concepto de âtman. Pero a ese ensamblaje apunta Salinger al final de esta novela: la divinidad, en este caso, Cristo, está en todas partes, y en cada uno de nosotros. Por eso Seymour les decía a sus hermanos que fueran corteses y amables con la Señora Gorda, que era como estarlo con Cristo, con el Ser Supremo o como se prefiera denominar.

 

(continuará)

 

[1] Salinger, Franny y Zooey, op. cit., por la edición en castellano citada en la nota núm. 1.

[2] Shields y Salerno, op. cit., p. 648.

[3] «A Perfect Day for Bananafish» se publicó en The New Yorker el 31 de enero de 1948

[4] «Hapwort 16, 1924», se publicó en The New Yorker el 19 de junio de 1965. Para las citas utilizo la traducción al castellano que figura en la siguiente dirección de internet: http://hapworth16.blogspot.com.es [ ] Traducción de Ghetta Life, julio de 2005. Indico, entre corchetes, la numeración de páginas que aparece tras imprimir el texto.

 [5] Zooey se publicó en The New Yorker el 4 de mayo de 1957. Después vería la luz como libro en Franny y Zooey, Boston, Little, Brown, 14 de septiembre de 1961. Para mis citas, v. la edición en castellano citada en la nota núm. 1.

[6] V., sobre esta cuestión, los Sermones de Eckhart, y los estudios de Marco Vannini: Introduzione en Meister Eckhart. I sermoni latini, Roma, Città Nuova, 1989, e Introduzione en Meister Eckhart. I sermoni, Milano, Paoline, 2002.

[7] V. Gallud, op. cit., sub voce.

[8] Ibíd., sub voce.

[9] Son P. Ranchan, An Adventure in Vedanta: J. D. Salinger's The Glass Family, New Delhi, Ajanta, 1989, p. 106.

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