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Filosofía

La India filosófica: Advaita Vedanta en la vida y en la obra de J.D. Salinger (1) (Pedro Carrero Eras)

LA INDIA FILOSÓFICA: ADVAITA VEDANTA EN LA VIDA Y EN LA OBRA DE J. D. SALINGER* (Primera parte)

PEDRO CARRERO ERAS

 

 

1. Sobre el término filosófico

  Aclararé, antes de nada, lo siguiente sobre el término filosófico que aparece en el título de este trabajo. Filosófico lo uso teniendo en cuenta las múltiples conexiones que tiene con la religión y lo religioso, y mucho más en una cultura como la india. Quede bien entendido que cuando hablamos de la India filosófica me refiero a un conjunto de ideas sobre la concepción del ser, del mundo y del universo que lo mismo tienen su expresión tanto en el plano teórico como en el práctico, entendiendo aquí lo práctico como lo más cercano a las prácticas religiosas. Los límites entre lo filosófico y lo religioso tienden a borrarse, de forma que los aspectos filosóficos a los que hace referencia este trabajo tienen que ver muy directamente con el conocimiento de cuestiones transcendentales que supone también una actitud religiosa −aunque esta no se materialice necesariamente en una serie de prácticas−, como es el tema del conocimiento de Dios o el intento de explicación sobre la razón de ser y el destino de los seres humanos, el misterio de la muerte y la misma relación con la divinidad.

 

2. Un ejemplo de la narrativa de Salinger para entrar en materia

Se trata de un pasaje de un relato extenso titulado Franny, de J. D. Salinger, de 1955[1]. Una joven universitaria, Franny (Frances), estudiante de Literatura Inglesa, está comiendo en un restaurante con su novio, Lan, también universitario y también estudiante de Literatura. Ella acaba de llegar desde otra ciudad para pasar el fin de semana y asistir con su novio a un partido de fútbol. El joven le habla de un trabajo que ha escrito sobre Flaubert, que ha merecido un 10 e incluso un profesor le ha dicho que debería publicarlo. El joven se muestra muy ufano y orgulloso, porque cree que en los últimos años no se ha escrito nada sobre Flaubert que valga la pena. Entonces Franny le interrumpe con este comentario: «Estás hablando como un suplente. Exactamente igual» (p. 24). A este comentario tan poco amable sigue una explicación sobre la petulancia, pedantería y superioridad de muchos profesores que «van por ahí destrozándolo todo» (p. 25). Franny expresa incluso su deseo de dejar Literatura Inglesa, porque «Estoy tan harta de pedantes y engreídos demoledores que podría ponerme a chillar» (ibíd.).

¿Por qué reacciona Franny de esa manera tan cruda con su novio? Ella confiesa haber pasado una mala semana y estar fatigada. Y, más adelante, hablando de personajes conocidos, como un colega de Lane y de profesores que escriben poesía, añade: «Todo lo que hace la gente es tan…, no sé, no es malo, ni siquiera mezquino, tampoco estúpido necesariamente. Simplemente tan minúsculo e insignificante, y… deprimente» (p. 35).

Más adelante la conversación asciende en tensión pero también, en lo que a los comentarios de Franny se refiere, en significado religioso y filosófico. Franny ha dejado su grupo de teatro, para sorpresa de su novio, porque se siente en él como una especie de «egomaníaca», y se refiere a «todo el ego que hay en el asunto» (p. 37) de ser actor. Franny declara que no tiene miedo de competir, sino que tiene miedo porque teme que acabará compitiendo, precisamente:

…porque me gusta el aplauso y que la gente me admire, pero eso no lo justifica. Me avergüenzo de ello. Me da náuseas. Me asquea no tener el valor de no ser nadie en absoluto. Me da asco de mí misma y de todos los que quieren causar sensación (p. 39).

Franny teme estar volviéndose loca, pero quizá lo que no sabe todavía es que su visión tan negativa del mundo que le rodea es algo por lo que han pasado muchos otros que han decidido entablar una batalla contra el egocentrismo y el narcisismo, tanto contra el de los demás como contra el suyo propio. Franny, una mujer bella y extraordinariamente inteligente, busca la autenticidad y la verdad. Franny está en el punto de partida de muchos renunciantes y otro tipo de sabios, que han optado, como primer paso, por huir de todas las vanidades de este mundo. Fijémonos en esa frase: «Me asquea no tener el valor de no ser nadie en absoluto».

Franny lleva consigo un libro misterioso por el que le pregunta su novio. La joven se ve obligada a desvelarle a Lane el título y el contenido del libro en cuestión, que se titula El peregrino ruso[2]. En ese libro un campesino, intrigado por esa frase del Nuevo Testamento en que se dice que debemos rezar incesantemente, recorre Rusia a pie buscando a alguien que le explique cómo rezar sin cesar. Por fin da con un starets, un hombre religioso muy avanzado, que le habla de un libro llamado Filocalia, escrito por un grupo de monjes que defienden «este método de oración realmente increíble» (p. 42). El starets le explica al peregrino que consiste, antes que nada, en la Oración de Jesús: «Jesucristo Nuestro Señor, ten piedad de mí» (p. 45), y que eso es todo, y, especialmente, porque esa oración lleva la palabra «piedad». Y explica Franny, siguiendo lo que en el libro le dice el starets al campesino:

…que si repites esa oración una y otra vez (al principio basta con que la digas solo con los labios) lo que pasa es que finalmente la oración se vuelve activa. Algo ocurre al cabo de un tiempo. No sé qué es, pero ocurre algo, y las palabras se sincronizan con los latidos del corazón de esa persona, y entonces está realmente rezando sin cesar. Lo cual tiene un efecto místico tremendo en toda su actitud (p. 45).

Además, y siempre según el starets, para esa práctica, al principio no se necesita creer en nada. Lo que importa es repetir muchas veces esa oración, es decir lo que importa es la cantidad, que después se convierte en calidad por sí misma. Cualquier nombre de Dios pronunciado, posee los mismos efectos, y comienza a funcionar cada vez que el que reza lo pone en marcha. Por ejemplo, basta con repetir, únicamente, la palabra Dios.

Y ahora viene el punto sorprendente del relato de Franny, el momento al que quería llegar, y que nos sumerge en el mundo oriental en el que filosofía y religión están tan unidas, y en concreto en la India filosófica, con referencias al budismo y al hinduismo. Sigue diciendo esta muchacha atormentada:

−En realidad, eso tiene perfecto sentido […] porque en las sectas nembutsu del budismo la gente repite: «Namu Amida Butsu» una vez y otra, lo cual significa «Alabado sea Buda» o algo así, y ocurre lo mismo. Exactamente lo mismo (p. 46).

Namu-Amida-Butsu es la versión japonesa del término original Namo Amitabha Buddhaya del sánscrito, que significa que «tomo refugio en el Buda de la Vida y de la Luz Inmensurables». Cuando Lane, el novio, que la mira con escepticismo, le pregunta que si de verdad se cree todas esas cosas, Franny responde:

−Yo no he dicho si lo creo o no […]. He dicho es que es fascinante […]. Me refiero a que todas esas personas religiosas verdaderamente avanzadas y absolutamente auténticas aseguren que si repites el nombre de Dios incesantemente sucede algo. Incluso en la India. En la India te recomiendan que medites sobre el «Om», que significa la misma cosa en realidad, y se supone que se obtiene exactamente el mismo resultado (pp. 47−48).

Como es sabido, el Om es el monosílabo sagrado, el nombre místico de la divinidad. En realidad, es la monoptongación de Aum, en la que la A es la sílaba del dios Vishnu, la U del dios Shiva y la M del dios Brahma, los dioses que componen la trimurti o trinidad hindú. Todo remite a un Brahman impersonal, el Señor Supremo que reside en los tres dioses. Es evidente que, para Franny, como para muchos otros sabios, Dios no solo es accesible desde una sola religión, sino desde varias, ya sea el hinduismo, el budismo o el cristianismo. Sin embargo, es el vedanta lo que más está influyendo en Salinger. Cuando Lane le pregunta a Franny, muy escéptico y reticente, sobre qué resultado existe en el hecho de estar pronunciando constantemente el nombre de Dios, ella contesta:

Llegas a ver a Dios. Sucede algo en alguna parte del corazón que no es en absoluto física, donde según los hindúes reside el atman [sic, sin acento circunflejo], por si has estudiado las religiones alguna vez, y ves a Dios, nada más. […] Y no me preguntes quién o qué es Dios. Ni siquiera sé si existe (p. 48).

Aquí, âtman hay que entenderlo, en el hinduismo, como el alma individual que, a través de un proceso de purificación en el samsâra o ciclo de las reencarnaciones, llega a la perfección y se funde con el Brahman. Que su localización esté en el corazón es consecuente con la aceptación universal de este órgano como receptáculo de los sentimientos y de la espiritualidad. Franny nos sorprende con su conocimiento de las religiones y sin duda sorprende mucho más a su novio, al que, como vemos, le lanza ese comentario provocativo: «por si has estudiado las religiones alguna vez». Franny se siente agobiada e incomprendida por su novio, que ve en toda esa religiosidad «un trasfondo psicológico muy evidente» (p. 49), como si de una manera suave la estuviera llamando loca o trastornada. Además, Lane está inquieto con esta conversación, pues teme llegar tarde al partido de fútbol. No es extraño, por tanto, que poco después Franny se levante y, en su camino al baño, se desmaye. Al recuperar Franny la conciencia y tras una breve conversación con su novio, el relato termina mostrándonos a la muchacha moviendo los labios y «formando palabras en silencio» (p. 52), es decir, recitando, sin duda, la citada Oración de Jesús que aparece en El peregrino ruso.

En este relato de Salinger se refleja la incomodidad −por no llamarla angustia vital− que hace que muchos occidentales, asqueados por el materialismo que les rodea, el egocentrismo y la impostura, vuelvan sus ojos a la religión, sin olvidar las religiones orientales. En el caso de Franny, y sin ser precisamente creyente −o, por lo menos, no saber qué o quién es Dios− su actividad se centra en la repetición de una oración, que, aunque referida a Cristo, es algo así como un mantra, de ahí las menciones de oraciones en el budismo y el hinduismo.

Es muy original, desde el punto de vista narrativo que una joven norteamericana, inteligente, atractiva, universitaria, y capaz de comerse el mundo, nos sorprenda con su actitud de insatisfacción y de búsqueda espiritual, que contrasta con la de su novio, más aferrado a lo cotidiano y a las mezquindades que se derivan de sus trabajos académicos. ¿Por qué Salinger ha creado esta escena, en que aparecen términos del hinduismo y del budismo? Cabría esperarse todo menos algo así en la conversación de dos jóvenes norteamericanos de la mitad de los años cincuenta, es decir, de una sociedad de consumo y de una poderosa economía en expansión. Cabría esperarse hablar de ambiciones académicas, de fútbol, de discotecas, de compras, de coches, de comida…, que es el tipo de conversación que quiere e inicia Lan mientras despacha unas suculentas raciones de caracoles y de ancas de rana. Y sin embargo, Franny, ante la estupefacción de su novio, ha llevado las cosas por otro terreno. Destaca la ironía del narrador, Salinger, pues una conversación que ha derivado hacia cuestiones metafísicas contrasta con el menú que está comiendo el muchacho: nada menos que caracoles y ancas de rana, mientras que la muchacha solo ha pedido un sándwich de pollo, que apenas si toca. Muy hábil en el arte de los detalles, el autor ofrece particularidades sobre el desarrollo de ese almuerzo, en el que términos como oración, Dios, budismo, Om, brahman, âtman y otros se mezclan con referencias a lo que Lan, el novio, está comiendo. Un manjar comido a disgusto, pues la conversación de la novia le produce al muchacho inquietud y estupefacción. La ironía y el sentido del humor están presentes en toda la narrativa de Salinger, a pesar de que en el fondo todos sus relatos tienen un componente dramático y existencial.

Para intentar explicar por qué aparecen términos y conceptos de la India filosófica, y antes de entrar en el estudio de este aspecto en otras obras de Salinger, conviene repasar algunos datos sobre su biografía.

 

3. Datos sobre Salinger: un trauma, la búsqueda de la verdad, la escritura y el aislamiento

 D. Salinger se hizo famoso tras la publicación de El guardián entre el centeno ( 1951). La novela, escrita en primera persona, levantó una gran polvareda social, pues relataba la historia de un adolescente, Holden Caulfield, inadaptado e inconformista, así que muchos jóvenes lo leyeron y lo han seguido leyendo las generaciones posteriores. Se vendieron millones de ejemplares. En algunas instituciones educativas el libro se convirtió en lectura obligatoria, mientras que en otras fue proscrito. Jóvenes insatisfechos con su familia, con los centros donde se veían obligados a estudiar y con la sociedad mezquina, de moral hipócrita y voracidad consumista, hicieron de El guardián entre el centeno una obra emblemática. Salinger intentó eludir la fama que se le echaba encima tras la publicación de esta obra, por lo que, con el tiempo, decidió abandonar Nueva York y buscarse un refugio en el campo, donde llevó una vida de ermitaño, aunque, casi siempre, al lado de alguna mujer. Convirtió su propiedad en una especie de fortaleza a salvo de las miradas o asaltos de admiradores y periodistas. Y es también en esos años posteriores a la publicación de El guardián entre el centeno cuando se desarrolla en él su interés por las religiones orientales, especialmente por el hinduismo y el budismo zen, aunque sobre este último ya se había interesado anteriormente. Como señala su biógrafo Slawenski, autor de la biografía J. D. Salinger. Una vida oculta:

Después de El guardián entre el centeno, los objetivos de Salinger cambiaron y se consagró a elaborar ficción mezclada con religión, relatos que exponían el vacío espiritual que impregnaba la sociedad estadounidense. Para ello, tuvo que enfrentarse a la cuestión de cómo transmitir el mensaje a través de la ficción.[3]

Salinger no pudo evitar que su obra fuera también símbolo de la generación beat o beatnik de los años cincuenta, que a su vez es precursora de los hippies. Y es curioso constatar que la India y sus religiones fueron la meta de muchos hippies.

¿Cuál puede ser el porqué de esa huida de Salinger? ¿Y el motivo de ese interés por las religiones orientales? J. D. Salinger nació el 1 de enero de 1919 en el seno de una familia acomodada en Manhattan. El padre, Solomon, era judío, no así, al parecer, la madre, Marie Jillich, católica, nacida en Atlantic, Iowa, pero que al casarse se convirtió al judaísmo adoptando el nombre de Miriam. El joven Salinger cursó estudios básicos en la academia militar de Valley Forge y a muy temprana edad comenzó a escribir. Estuvo en Austria, por motivos de los negocios de su padre, director general de una empresa que vendía jamones y quesos. En Austria aprendió el alemán, conocimiento que luego le serviría para su actuación en el ejército. Porque Salinger, que ya estaba publicando relatos y comenzaba a ser conocido en el mundillo literario, tras la agresión de los japoneses a Pearl Harbor, se alistó, como muchos otros jóvenes norteamericanos heridos en su patriotismo. Después fue promovido a sargento, aunque él hubiera deseado ser oficial. Salinger tuvo su bautismo de fuego en Europa, pues participó en el día D, la invasión de Normandía, y también estuvo en la liberación de París y en la batalla de las Ardenas.

Pero entre medias de estas batallas, en las que pudo percibir el horror de la guerra hasta extremos impensables, hay una que no suele ser tan conocida: la del bosque de Hürtgen, una franja de terreno de ocho kilómetros cuadrados de la frontera entre Alemania con Bélgica y Luxemburgo. Un lugar escarpado, con fortificaciones de la línea Sigfrido ideadas por el alto mando alemán para facilitar la aniquilación de los ejércitos invasores. Como señala Slawenski

Cuando Salinger entró en el bosque de Hürtgen, atravesó el umbral de un mundo de pesadilla. La carnicería más cruel de la Segunda Guerra Mundial en el frente occidental seguramente tuvo lugar allí durante el invierno de 1944.[4]

La masacre de soldados norteamericanos fue brutal, y Salinger vio cómo caían en ese bosque compañeros suyos del 12º Regimiento, en concreto 2.517. Lo más trágico de esa batalla fue su inutilidad. No se entiende cómo el mando aliado se empeñó en atravesar el bosque, cuando hubiera sido mucho más estratégico rodearlo.

El infierno que vivió Salinger en el bosque de Hürtgen tuvo su continuidad con la batalla de las Ardenas. Después, adscrito al contraespionaje, intervino en la localización de nazis ocultos: esa labor de espía lo enfrentó a los peores horrores de la guerra, pues tuvo que entrar en los campos de exterminio. Aparte de toda esta sucesión de atrocidades, Salinger terminó también resentido con el ejército y su forma de dirigir la guerra. Pronto fue víctima de una depresión, y en concreto de lo que suele conocerse como «trastorno por estrés postraumático». En junio de 1945 ingresó voluntariamente en un hospital civil de Nuremberg para someterse a tratamiento. Cuando salió del hospital, continuó en el ejército hasta abril de 1946, en que expiró su contrato con el Cuerpo de Contraespionaje. Después regresó a su país con Sylvia, una mujer francesa con la que se había casado en Alemania. Fue una pasión súbita, pero el matrimonio se agrió enseguida y terminó en divorcio.

Más tarde viene un periodo en Nueva York de relación con otras mujeres −comenzaba a ser famoso y era un tipo atractivo−, una etapa de su vida en que acudía a clubs nocturnos y a partidas de cartas, todo ello simultáneo con su actividad literaria, con la publicación de sus relatos, especialmente en la prestigiosa revista The New Yorker. Pero su experiencia en la guerra le había cambiado de forma radical, de ahí que en su obra se refleje una tendencia al misticismo, un interés por las religiones orientales −hinduismo y budismo−, y el convencimiento de que su trabajo profesional era en sí mismo un ejercicio espiritual[5]. Al igual que había pasado antes de la guerra, la escritura le sirvió a Salinger de evasión y bálsamo. Como señala Slawenski:

Su exploración personal del budismo zen se intensificó por la época en que estaba terminando El guardián entre el centeno [...] la mezcla de la filosofía zen con su propia convicción de que el arte está conectado con la espiritualidad se tradujo en una fe que equiparaba la escritura con la meditación, una fe que había empezado en los campos de batalla de Francia[6].

Como es sabido, zen es la traducción japonesa del chino ch´an, que a su vez es traducción del sánscrito dhyâna, que significa «meditación» o «concentración». La dhyâna

...es la meditación espiritual, la concentración de todos los pensamientos en un objeto. Es una de las ocho fases del ashtânga o procedimiento óctuple del sistema Yoga de filosofía[7].

El zen es una rama o secta del budismo que fue introducido en China por el monje Bodhidharma, que llegó desde la India entre los años 520 y 525. Después, en el siglo XII, pasaría a Japón de la mano del monje Eisai La verdad, para la doctrina zen, se difunde al margen de los libros sagrados. El objeto exclusivo de toda meditación es el alma, y así se alcanza el estado de iluminación. Y aquí entra todo lo que produce belleza y, por consiguiente, todo aquello que favorece la meditación, como las artes y, entre las artes, la literatura, y todos los objetos de la vida cotidiana que conducen a un refinamiento de la vida doméstica. El zen ifluyó en la cultura occidental y en las primeras vanguardias del siglo XX.

Pero el interés de Salinger por las religiones orientales no se limita únicamente al budismo zen, sino que va a las fuentes, a la India milenaria, al hinduismo, y especialmente al vedanta. Sabemos que a su vuelta de Europa había empezado a frecuentar

...el centro Ramakrishna-Vivekananda de la calle Noventa y cuatro Este [de Nueva York], a la vuelta de la esquina del piso de sus padres en Park Avenue; el centro impartía un tipo de filosofía oriental basada en los vedas hindúes llamada vedanta. Salinger fue iniciado allí en El evangelio de Sri Ramakrishna[8].

Swami Vivekananda (1863-1902) fue un líder religioso indio, discípulo de Ramakrishna, que se dedicó a propagar por Occidente la escuela del advaita (no dualidad) de la doctrina vedanta. Introdujo el vedanta y el yoga en Estados Unidos y otros países.

Salinger equipara la escritura con la meditación, y sigue, además, una línea de pensamiento zen que demanda la supresión del ego como parte de la meditación (recordemos cómo Franny se lamenta de su propio ego). Tras el enorme éxito de El guardián entre el centeno, Salinger quiere evitar la notoriedad. Ese éxito hace que sea más popular que antes, y que le lluevan las invitaciones para fiestas y comidas, así como muchas citas de mujeres que ansiaban quedar con él. Slawenski sostiene que no se produjeron, que se sepa, encuentros sexuales con estas mujeres, porque «Salinger se citaba con ellas para mantener conversaciones religiosas antes que contacto físico»[9]. Yo pongo un interrogante a esta afirmación, pues la considero arriesgada y un tanto ingenua. Es muy difícil saber lo que ocurre entre bastidores. El hecho de que una persona se interese por una forma de filosofía no significa que en todas sus actuaciones sea consecuente con lo que esa filosofía predica. Si El evangelio de Sri Ramakrishna aboga de forma explícita por la abstinencia sexual eso no quiere decir que Salinger fuera un casto asceta o lo que suele conocerse como un renunciante. Lo que sabemos del resto de su vida no lo convierte, precisamente, en un renunciante. Después volvería a casarse, a tener hijos, y tras un nuevo divorcio, mantendría relaciones con otras mujeres, y, sobre todo, mujeres muy jóvenes. Una especie de eremita alejado del mundanal ruido, sí, pero no precisamente un hombre célibe.

También otros investigadores resaltan la influencia del vedanta en la vida y en la obra de Salinger. En enero de 2014 apareció la esperada versión en castellano del grueso libro Salinger, publicado por David Shiels y Shane Salerno[10], biografía en forma de entrevistas que recoge innumerables testimonios de personas que conocieron al escritor, así como documentos inéditos y fotografías. Aún así, sigue habiendo muchos puntos oscuros de un escritor que decidió retirarse y permanecer oculto durante la mayor parte de su vida. No es extraño que este libro dedicado a la vida de Salinger este dividido en las siguientes partes de acuerdo con las etapas de la biografía del escritor, y que tomen sus títulos del sánscrito: Primera parte, Brahmacharia o «aprendizaje»; segunda, Garhasthia o «deberes del dueño de la casa»; tercera, Vanaprastha o «retirarse del mundo»; cuarta, Sannyasa o «renuncia al mundo». Los autores han tenido muy presente el interés de Salinger por la filosofía hindú, pues esos cuatro términos en que dividen su vida describen los cuatro estadios que debe seguir el brahmán ortodoxo. Y si no se corresponden exactamente con la trayectoria existencial de Salinger, que, como digo, no es precisamente un renunciante, sí que hay puntos de coincidencia. Recordemos que la última de estas fases, sanyâsa, supone el estadio en que el renunciante se libera de las relaciones familiares, y también de los deseos mundanos para dedicarse por entero a Dios.

Al igual que Slawenski, Shields y Salerno destacan en su libro las influencias del advaita vedanta en las obras de Salinger posteriores a El guardián entre el centeno:

El descubrimiento por parte de Salinger de El evangelio de Sri Ramakrishna ([...] publicado por el Centro Ramakrishna-Vivekananda de Nueva York) fue un acontecimiento central en su vida, solamente por detrás de la guerra. Los daños causados por la guerra lo llevaron a buscar no solamente la trascendencia, sino también [a] borrar el pasado[11].

Más adelante, estos autores ofrecen datos interesantes sobre la relación de Salinger con este Centro Ramakrishna-Vivekananda, que se encontraba en Manhattan, a tres manzanas del apartamento de sus padres, y con su fundador, el swami Nikhilananda. Salinger aceptó a este como maestro espiritual, se carteó con él y con su sucesor[12] y asistió a servicios y clases, como también asistió al Centro de Retiro Vivekananda del parque de las Mil Islas.

En el otoño de 1952 Salinger comprendió que, para sus fines literarios, debía abandonar Nueva York, pues la vida en Manhattan era demasiado estresante, frívola, y, sobre todo, neurótica. Por ello se buscó una casa en Cornish, en el Estado de New Hampshire, a 360 kilómetros al norte de Nueva York, con un atrayente escenario de bosques, colinas, praderas, campos de labor y granjas. En la cima de una colina estaba la casa, una finca de 36 hectáreas de terreno, con una vista magnífica del río Connecticut. Salinger encontraría allí la felicidad que había perdido con la guerra. Al principio se relacionó con sus vecinos, y con un grupo de chicos del Instituto de la vecina ciudad de Windsor, en Vermont, como si de esa froma reviviera su propia adolescencia, comportándose con ellos como si de un honesto y desinteresado mentor se tratara. Pero con el tiempo Salinger se fue distanciando, encerrándose más en su propiedad, de la que apenas salía y a la que rodeó con una valla. Allí se defendió durante décadas de admiradores y de periodistas, solo para salir a comprar, o solo para hacer algún viaje a Nueva York para hablar de negocios con sus editores.

He aquí un caso más de un escritor occidental que, por unos motivos concretos y, en este caso, sumamente traumáticos, vuelve sus ojos a Oriente en busca de la verdad y el consuelo.

(continuará)

 

* El presente estudio parte de una ponencia que presenté el 10 de diciembre de 2014 bajo el título de La India filosófica en la narrativa de J. D. Salinger, en un ciclo de conferencias desarrollado en la Embajada de la India en Madrid bajo el título de La India: historia, esencia, presente. La ponencia, ampliada, se publicó con el mismo título en Papeles de la India, Consejo Indio de Relaciones Culturales, New Delhi, vol. 43, núm. 2, 2014, pp. 16−46. He creído de interés reproducir mi trabajo, por entregas, en nuestra página web, dada la escasa atención que esta faceta de Salinger ha tenido, hasta el momento, en nuestro país.

[1] Franny fue publicado por primera vez en la revista The New Yorker el 29 de enero de 1955. El relato Zooey, de mayor extensión, sigue lo comenzado en Franny, y se publicó también en el New Yorker el 4 de mayo de 1957. Ambos relatos aparecerían después en libro, en 1961, bajo el título de Franny and Zooey. Para mis citas de Franny, en las que se indica la página entre paréntesis, v. la siguiente edición en castellano: J. D. Salinger, Franny y Zooey, Traducción de Maribel de Juan, Madrid, Alianza Ed., El libro de bolsillo, 3ª ed., 2011.

[2] El peregrino ruso o Relatos de un peregrino ruso es un libro de devoción, de autor anónimo, escrito entre 1853 y 1861. Llegó a ser muy popular en la religiosidad ortodoxa, y ahonda en el tema de la oración y de las prácticas contemplativas. Toma como punto de partida esa frase de San Pablo en la Epístola a los tesalonicenses en que se dice: «Orad sin cesar».

[3] Kenneth Slawenski, J. D. Salinger. Una vida oculta, Traducción de Jesús de Cos, Barcelona, Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, 2010, p. 288.

[4] Slawenski, op. cit., p. 147.

[5] V. Salwenski, op. cit., p. 199.

[6] Ibíd. pp. 247-248

[7] Enrique Gallud Jardiel, Diccionario de hinduismo, Madrid, Alderabán, 1999, sub voce

[8] Slawenski, op. cit., p. 285

[9] Ibíd.

[10] David Shields y Shale Salerno, Salinger, traducción de Javier Calvo, Barcelona, Seix Barral, enero de 2014.

[11] Ibíd., p. 442.

[12] Shields y Salerno, op. cit., p. 447, apuntan lo siguiente: «El 12 de abril de 2013, "para preservar el legado de la relación de J. D. Salinger con el Centro Ramakrisná-Vivekananda y el significado que tuvo el vedanta en su vida, así como para conmemorar el ciento cincuenta cumpleaños del swami Vivekananda", el Centro Ramakrishná-Vivekananda de Nueva York le hizo un regalo a la Biblioteca y Museo Morgan de Nueva York: una colección de más de veinte cartas (y documentos relacionados) que le había escrito Salinger al swami Nikhilananda, a su sucesor el swami Adiswarananda y al Centro». Lo citado entre comillas altas es una cita literal que los autores hacen del Comunicado de prensa del Centro Ramakrisná-Vivekananda de Nueva York, de 3 de abril de 2013, http//www.pr.com/press-release/482721

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