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LEYENDA DE NALA Y DAMAYANTÎ

(Del Mahâbhârata)
 

Hubo un rey, de nombre Nala, hijo de Vîrasena, que era fuerte, virtuoso, de hermoso rostro y experto en caballos. Era superior a los hombres y a los dioses y su esplendor rivalizaba con el del sol. Era devoto, había estudiado los Veda, poseía valor y era el señor del país de los nisadha. Amaba el juego de dados, era sincero, noble y de buenos sentimientos. Protegía a sus súbditos y era el mejor de los arqueros.

         En aquel tiempo vivía también entre los vidarbha Bhîma, gran héroe, dotado de todas las virtudes, pero que no tenía descendencia. Para obtenerla se concentró en su meditación, hasta que un brahmán se presentó ante él. El brahmán, de nombre Damana, obsequió a Bhîma y a su esposa con una bella hija, Damayantî, y tres nobles y gloriosos niños: Dama, Danta y Damana, dotados todos ellos de grandes virtudes. Por su belleza, su dignidad, su fortuna y su atractivo Damayantî, la de la bella cintura, llegó a alcanzar gran fama entre su pueblo. Cuando se hizo mayor, se vio rodeada de una corte de esclavas y amigas entre las que ella resplandecía. Era bellísima, como la diosa Shrî [Sarasvatî], de grandes ojos. Ni entre los dioses ni otros seres sobrenaturales podía encontrarse una hermosura tal y nunca tampoco los hombres habían conocido algo semejante. En esplendor sólo Nala podía comparársele, pues era como una encarnación del dios del amor.

         En presencia de la joven sus amigas gustaban de ensalzar a Nala, y lo mismo sucedía en el palacio del rey de los nisadha, donde se hablaba repetidamente de Damayantî. Oyendo los dos sin cesar las virtudes del otro, surgió entre ellos el amor, aun sin conocerse, y este amor fue aumentando. Nala, no pudiendo ya resistir más, se dirigió en secreto a un bosque que se hallaba cerca del palacio y se refugió allí. Viendo unos cisnes con adornos dorados, atrapó a uno de ellos. El viajero del aire dirigió la palabra a Nala, hablándole de esta manera:

         –No me mates, ¡oh, rey!, y haré algo por ti que te agradará. Iré a presencia de Damayantî y le hablaré de ti; así ella no pensará nunca en otro hombre.

         El señor de la tierra soltó al cisne y éste, con sus compañeros, voló hasta la ciudad de los vidarbha. Al llegar a la ciudad, las aves se posaron cerca de donde se hallaba Damayantî. Ella, al ver su extraordinaria belleza, se precipitó hacia las aves, que se dispersaron por todo el jardín. Las jóvenes comenzaron a perseguirlas. Entonces el cisne tras el cual corría Damayantî, con voz humana, le dijo:

         – ¡Oh, Damayantî! El rey de los nisadha, llamado Nala, es tan bello como los dioses Ashvinî; no hay nadie que se le iguale. Si tuviera lugar vuestra boda, ¡oh, mujer de bella cintura!, tu alto nacimiento y tu belleza estarían bien empleados. Nosotros hemos visto a dioses, músicos celestes, hombres, serpientes y demonios, pero nunca a nadie que se le pueda comprar. Tú eres la perla de las mujeres y Nala, el mejor de los hombres. Vuestro matrimonio sería perfecto.

         Tras escuchar al cisne, Damayantî le dijo lo siguiente:

         – Di eso mismo delante de Nala.

         – Así lo haré –dijo el ave a la hija del rey de los vidarbha.       

         Y marchando de nuevo a su punto de origen le contó a Nala lo sucedido.

         Damayantî, tras escuchar al cisne, quedó fuera de sí, concentrada en la imagen de Nala. Estaba pensativa, triste, pálida, delgada, siempre suspirando; con la mirada en lo alto, hundida en sus pensamientos, tenía aspecto de demente, con el corazón traspasado por ese amor repentino. No encontraba alivio en el sueño, la comida o los placeres. Sus amigas repararon en su desasosiego y lo contaron al rey de los vidarbha. Al escucharlo, Bhîma pensó que se trataba de algo muy grave. Y al darse cuenta que su hija había alcanzado la juventud, comprendió que debía preparar la ceremonia de elección de marido para Damayantî. El señor de las gentes convocó a los guerreros de su reino:

         – Acudid, héroes, a esta elección de marido.

         Todos los reyes, al saber que Damayantî iba a elegir esposo, se presentaron ante Bhîma, llenando el reino con el ruido de los elefantes, los caballos y los carros, acompañados por sus tropas, llenas de guirnaldas ataviadas con adornos de bellos colores. Bhîma, el de los poderosos brazos, honró a aquellos reyes como correspondía a su dignidad, hospedándoles en el palacio y colmándoles de honores.

         En aquellos días, dos excelsos sabios, Nârada y Parvata, de gran sabiduría y devoción, se dirigían de la tierra al cielo de Indra. Penetraron en el palacio del rey de los dioses quien, después de recibirles con honor, les preguntó por su estado y su salud.

         Nârada dijo:

         – Nuestra salud, ¡oh, dios!, todo lo penetra; y en el mundo todos los reyes gozan de salud.

         Al oír las palabras de Nârada, el vencedor de Bala y de Vritta [Indra] preguntó por los defensores de la tierra, los que conocen su deber, luchan sin temer por su vida y mueren en el campo de batalla:

         – ¿Dónde están esos valientes guerreros? No les veo acudir a la ceremonia.

         Nârada, interpelado así por Indra, respondió:

         – Escucha por qué no encuentras a los gobernantes de la tierra. La hija del rey de los vidarbha, Damayantî, es superior en belleza a todas las mujeres. Pronto tendrá lugar su elección de esposo y allí se encaminan todos los reyes y los príncipes. Todos los gobernantes de la tierra desean a esta perla del mundo sobre todas las cosas.

         En ese momento llegaron junto al rey de los dioses los protectores del mundo, incluido Agni, el dios del fuego. Todos oyeron las palabras de Nârada y dijeron:

         – Vayamos nosotros también.

         Entonces todos ellos, ¡oh, gran rey!, se dirigieron al país de los vidarbha, con sus escoltas y sus carros. Y el rey Nala, al enterarse de la asamblea de los reyes, se puso en marcha, lleno de esperanza, para conquistar a Damayantî.

         De camino, los dioses vieron a Nala, que parecía Manmattha [el dios del amor], por su espléndida belleza. Los guardianes del mundo se detuvieron al verle sin saber qué pensar, deslumbrados por su espléndida belleza. Deteniendo en el espacio sus carros divinos, los moradores del cielo le dijeron:

         – ¡Oh, nisadha, Indra de los reyes! Sé nuestro mensajero, tú, el mejor de los hombres.

         Nala se lo prometió y a continuación les preguntó, juntando ante ellos las palmas de las manos:

         – ¿Quiénes sois? ¿A quién queréis enviarme como mensajero? ¿Qué es lo que debo hacer por vosotros? Explicádmelo todo.

         – Somos inmortales –le respondió el dios–. Y venimos por Damayantî. Yo soy Indra; éste es Agni; este otro, el dios de las aguas; y éste, ¡oh, rey!, es Yama, el destructor de los cuerpos. Haz saber a Damayantî que hemos venido. Dile que los guardianes del mundo, con Indra a la cabeza, se aproximan, deseosos de verla. Indra, Agni, Varuna y Yama la desean. Que elija uno de entre ellos como esposo.

         Cuando Indra hubo acabado, Nala dijo:

         – No debéis enviarme a mí, pues he venido aquí con la misma finalidad que vosotros. ¿Cómo un hombre enamorado puede hablar a una mujer de parte de otro?

         Los dioses dijeron:

         – Dijiste que lo harías, que cumplirías nuestro ruego. ¿Por qué ahora te niegas a hacerlo? Ve al instante.

         El rey de los nisadha habló de nuevo:

         – El palacio está bien guardado. ¿Cómo podré entrar?

         – Entrarás –volvió a responderle Indra.

         Y así llegó Nala al palacio de Damayantî. Allí contempló a la princesa de los vidarbha, rodeada de su cortejo de amigas, resplandeciente de belleza y majestad, con sus miembros delicados, su delgada cintura y sus bellos ojos, que se asemejaban el brillante resplandor de la luna. Al contemplar a la mujer de suave sonrisa creció su amor; pero, deseoso de cumplir su promesa, Nala se contuvo. Ellas, las mujeres de miembros perfectos, se turbaron al contemplar al rey de los nisadha y se levantaron de sus asientos, impresionadas por la belleza de Nala. No hablaban con él pero en sus corazones le ensalzaban: “¡Qué belleza, qué encanto, qué dios o ser celestial es éste?” Y no podían responderse, subyugadas por su belleza.

         Entonces Damayantî, con una sonrisa, admirada, se dirigió a Nala, el héroe:

         – ¿Quién eres, ser de miembros perfectos, origen de mi amor? Has llegado hasta aquí como un inmortal y yo deseo conocerte. ¿Cómo has llegado hasta aquí y cómo no te ha visto nadie? Mi palacio está bien guardado y los reyes tienen castigos terribles para los intrusos.

         Nala, al oír hablar así a Damayantî, respondió:

         – Sabe que soy Nala, ¡oh, hermosa!, y he venido aquí como mensajero de los dioses, que desean desposarte. Indra, Agni, Varuna, Yama: elige como esposo un dios de entre éstos. Por su poder he entrado sin ser visto y nadie me vio ni me puso obstáculos. Para decirte esto fui enviado por los más excelsos dioses. Toma ahora una decisión, ¡oh, hermosa mujer!

         Ella hizo acto de adoración a los dioses y, sonriendo, dijo a Nala:

         – Cásate conmigo, ¡oh, rey!, si es lo que deseas. ¿Quieres saber qué siento por ti? Pues mi persona y mis riquezas, todo es tuyo. Haz que tenga lugar la boda. La voz de los cisnes me abrasa, ¡oh, rey! Por tu causa he reunido aquí a los héroes y reyes. Y si tú me rehusas cuando yo te elija, no me quedará más camino que el veneno, el fuego, el agua o la soga.

         Tras escuchar a la princesa de los vidarbha, Nala respondió:

         – ¿Cómo puedes desear a un hombre antes que a los guardianes del mundo? Yo no soy comparable al polvo de sus pies. Pon en ellos tu pensamiento. Los dioses dan la muerte a los mortales desagradecidos. ¡Oh, tú, la de miembros perfectos!, elige a uno de los dioses. Disfruta de bellos vestidos, de guirnaldas multicolores, de selectas joyas. ¿Qué mujer no desearía por marido al que destruye y vuelve a crear el universo, al objeto de las ofrendas, al señor de los dioses? ¿Qué mujer no desearía por marido al que hace que las criaturas observen sus deberes? ¿Qué mujer no desearía por marido al justiciero, al magnánimo, al vencedor de los demonios? Si consideras a Varuna como uno de los guardianes del mundo, dale tu mano de esposa: éste es mi consejo.

         Damayantî, al oír hablar así al nisadha, dijo, con los ojos llenos de lágrimas:

         – Después de hacer acto de adoración a los dioses, te elijo a ti como esposo. Ésta es mi palabra final.

         Entonces el rey le habló así, mientras ella temblaba:

         – ¡Oh, hermosa! He venido como mensajero y no puedo hablar por cuenta propia. No puedo hacerlo, tras haber escuchado a los dioses. Si consigo mi deseo, habré obrado en mi provecho e incumplido mi deber. Medita sobre lo que te digo.

         Entonces Damayantî, la de la clara sonrisa, con llorosa voz, le dijo al rey Nala:

         – Tengo el medio, ¡oh, señor de los hombres!, de que no cometas ninguna falta. Tú y los dioses, con Indra a la cabeza, marchad al lugar donde tendrá lugar mi elección. Entonces yo, delante de los dioses, te elegiré a ti y así no habrás cometido ningún pecado.

         Al escuchar estas palabras, Nala volvió al lugar donde estaban reunidos los dioses. Los guardianes del mundo le vieron venir y le preguntaron lo que había sucedido:

         – ¿Qué te ha parecido Damayantî, la de bella sonrisa? ¿Qué dijo de nosotros? ¡Habla, señor de la tierra!

         Nala respondioó:

         – Enviado por vosotros penetré en el patio del palacio de Damayantî, que estaba guardado por muchos soldados. Por vuestro poder, nadie me vio entrar, salvo la princesa. Vi a sus amigas y ellas me vieron y quedaron sorprendidas, ¡oh, dioses sabios! Pero mientras yo cantaba vuestras virtudes, la del rostro resplandeciente, con el juicio perdido, me eligió a mí. Me dijo que me acompañarais al lugar de la ceremonia y que allí me eligiría en vuestra presencia para que yo no cometiera pecado alguno. Os he contado exactamente lo que sucedió. Decidid ahora vosotros, ¡oh, sabios dioses!

         Cuando se presentó una ocasión propicia, en un día y una hora auspiciosa, el rey Bhîma llamó a los guardianes de la tierra para la elección de marido. Los dioses, atormentados por el amor, llegaron apresuradamente, deseosos de obtener la mano de Damayantî. Penetraron en la gran sala de columnas doradas, con una puerta adornada por grandes leones. Allí se sentaron los participantes, que llevaban guirnaldas y collares de piedras preciosas. Tenían los príncipes robustos brazos y eran bellos y delicados, como serpientes de cinco cabezas. Los rostros de los reyes resplandecían y tenían hermosos cabellos y elegantes rasgos que brillaban como las estrellas en el cielo. Damayantî, la del rostro resplandeciente, penetró en aquella asamblea de reyes, llena de hombres valerosos como los tigres del monte. Y al entrar en la sala robó con su belleza los corazones de los reyes. Quedó quieta mientras los dioses la contemplaban. Entonces, mientras anunciaban los nombres de los reyes, la hija de Bhîma vio a cinco hombres semejantes. Al contemplarlos no reconoció al rey Nala. Aquel al que miraba, ése le parecía el rey Nala. Y se decía: “¿Cómo podré reconocer a los dioses y al rey Nala? No veo los signos que caracterizan a los dioses.” Entonces decidió pedir ayuda a los dioses y, juntando las manos, les habló así:

         – La voz de los cisnes me hizo elegir al rey de los nisadha; que los dioses me lo concedan por esposo. Que los guardianes del mundo recobren su verdadera forma para que yo pueda reconocer al rey de hombres.

         Al escuchar los lamentos de Damayantî, al ver su decisión y su amor y fidelidad hacia Nala, los dioses le concedieron su deseo. Ella les vio tal como eran, con sus floridas guirnaldas y relucientes, flotando en el aire. Allí estaba también el rey de los nisadha, con sombra, con las guirnaldas mustias, lleno de polvo y sudor y tocando el suelo. La hija de Bhîma, al ver a los dioses y al rey, eligió a éste según el rito. Con rubor, la de los grandes ojos tomó la punta de su vestido y colocó sobre el hombro del rey una guirnalda de extraordinaria belleza. Así, la mejor de las mujeres eligió a su esposo.

         Entonces los reyes de los hombres lanzaron una exclamación y los sabios alabaron a Nala. Y el hijo de Vîrasena dio ánimos a Damayantî:

         – ¡Oh, hermosa! El hombre que eliges en presencia de los dioses, ése será tu esposo. Y mientras haya vida en mi cuerpo seré tuyo. Es verdad esto que te digo.

         Y después de que hubo alegrado a Damayantî con sus palabras, ambos pidieron la protección de los dioses.

 
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Instituto de Indología 2010